El gran engaño de los estilos de aprendizaje: la neurociencia revela por qué el modelo VARK es pura ficción

El gran engaño de los estilos de aprendizaje. Seguramente escuchaste a algún compañero de trabajo o amigo decir con total seguridad: «Yo soy una persona completamente visual, si no veo un gráfico no entiendo nada». O tal vez vos mismo te etiquetaste alguna vez como un aprendiz auditivo o cinestésico. Durante décadas, las escuelas, los departamentos de recursos humanos y cientos de programas de capacitación nos vendieron una idea seductora: cada uno de nosotros tiene un estilo de aprendizaje específico y, si nos enseñan en ese formato exacto, aprendemos el doble en la mitad del tiempo.

El modelo más popular de esta corriente es conocido como VARK, una sigla en inglés que clasifica a las personas en cuatro categorías: Visual, Auditivo, Lectura/Escritura (Read/Write) y Cinestésico. Parece intuitivo, reconfortante y prolijo. Sin embargo, la neurociencia cognitiva y la psicología experimental llegaron a una conclusión tajante: los estilos de aprendizaje son un neuromito. No solo carecen de evidencia científica que los respalde, sino que aferrarte a ellos puede transformarse en un freno real para tu desarrollo profesional y personal.

El origen de una etiqueta cómoda: por qué el modelo VARK conquistó al mundo

El origen de una etiqueta cómoda: por qué el modelo VARK conquistó al mundo

Desarrollado a finales de la década de 1980 por el docente neozelandés Neil Fleming, el modelo VARK se basó en la premisa de que los seres humanos poseemos preferencias sensoriales dominantes para procesar la información del entorno. La propuesta encajó a la perfección con una necesidad psicológica muy humana: la tendencia a etiquetarnos para dar sentido a nuestras dificultades cotidianas.

Decirte a vos mismo «me cuesta aprender a programar porque soy cinestésico y la teoría es pura lectura» resulta mucho más tranquilizador que admitir que dominar la lógica de programación demanda un esfuerzo cognitivo exigente y horas de práctica sostenida. Esta categorización simplista se expandió rápidamente por colegios e industrias enteras porque ofrecía una respuesta lineal: si el estudiante no comprende, la culpa no es de la falta de práctica activa, sino del formato en el que se entregó el contenido.

Lo que dice la evidencia científica real

Cuando la ciencia experimental decidió someter esta hipótesis a pruebas de laboratorio rigurosas, el edificio entero de los estilos de aprendizaje se desmoronó. Para que el modelo fuera válido, tendría que demostrarse lo que los psicólogos denominan la «hipótesis de la correspondencia»: si evaluamos a un grupo, identificamos a los visuales y a los auditivos, y les enseñamos el mismo material adaptado a cada canal sensorial, el rendimiento de quienes reciben la instrucción en su estilo preferido debería ser significativamente superior.

En 2008, un estudio exhaustivo liderado por el investigador Harold Pashler analizó décadas de literatura científica para verificar este fenómeno. Los resultados, publicados en la prestigiosa revista de la Association for Psychological Science, confirmaron que prácticamente ningún experimento metodológicamente sólido respalda la hipótesis. Las personas podemos tener preferencias subjetivas sobre cómo consumir datos, pero tener una preferencia no significa que el cerebro procese y consolide mejor la memoria por esa vía.

El contenido define el formato, no tu supuesta personalidad sensorial

El fallo principal del modelo VARK radica en asumir que la mente humana codifica el conocimiento como impulsos sensoriales aislados. En realidad, el cerebro adulto almacena la información basándose en su significado semántico y contextual, no en si entró por los ojos o por los oídos.

Pensalo a través de un ejemplo cotidiano: si estás aprendiendo a andar en bicicleta o a tocar un instrumento musical, vas a necesitar mover los músculos y coordinar el cuerpo; ningún diagrama visual reemplaza esa práctica física. En cambio, si querés memorizar el mapa de las cuencas hídricas del país, un esquema visual resulta insustituible para cualquier persona. No es tu cerebro el que es visual o kinestésico; es la propia naturaleza de la tarea la que exige un formato específico. Como analizamos al explorar cómo descubrir qué método de aprendizaje funciona mejor para vos, la eficacia no radica en encasillarte en una categoría fija, sino en utilizar las estrategias adecuadas según lo que necesitás dominar.

La codificación dual: cómo aprende el cerebro en la realidad

La codificación dual: cómo aprende el cerebro en la realidad

Lejos de compartimentar los sentidos, la neurociencia descubrió que el cerebro humano es un órgano naturalmente multimodal. Una de las teorías más robustas en psicología cognitiva es la teoría de la codificación dual, propuesta por Allan Paivio. Esta plantea que contamos con dos subsistemas interconectados en la memoria de trabajo: uno verbal (que maneja el lenguaje hablado y escrito) y otro no verbal (orientado a imágenes y representaciones espaciales).

Cuando estudiás combinando una explicación verbal con una representación gráfica pertinente, el cerebro construye dos rutas neuronales distintas para acceder a ese mismo concepto. Esto beneficia absolutamente a todos los adultos, no solo a quienes se autodenominan «visuales». Integrar múltiples canales sensoriales refuerza las redes neuronales y facilita la posterior recuperación de la información.

Preguntas frecuentes

¿Tener una preferencia de estudio significa que tengo ese estilo de aprendizaje?

No. Una preferencia refleja comodidad o hábito, no una ventaja biológica en el procesamiento cerebral. Podés disfrutar mirando videos explicativos porque te resulta más ameno al terminar tu jornada laboral, pero retener esos datos requerirá ejercitar la memoria activa sin importar el formato del medio.

¿Por qué se sigue aplicando el test VARK si la ciencia lo desmintió?

Su vigencia responde a la inercia pedagógica y a su atractivo comercial. Es un concepto intuitivo y fácil de vender mediante cuestionarios rápidos. Sin embargo, persistir en él consume tiempo y recursos que deberían destinarse a prácticas de efectividad probada, como la recuperación activa o la práctica espaciada.

Conclusión

Descartar el modelo de los estilos de aprendizaje no representa una mala noticia; es una verdadera liberación intelectual. Creer que tu cerebro solo puede absorber datos a través de una vía sensorial específica levanta barreras artificiales e innecesarias. Esa etiqueta limitante suele ser la responsable de que muchos adultos eviten aprender a programar, esquiven la lectura de manuales técnicos o asuman que «no nacieron» para determinadas disciplinas complejas antes de haberlo intentado con seriedad.

Tu cerebro evolucionó como una estructura flexible, plástica y profundamente interconectada, capacitada para procesar la realidad integrando todos los sentidos a la vez. Cuando dejás de buscar atajos milagrosos adaptados a tu supuesta categoría y empezás a involucrarte activamente con el significado de lo que estudiás, recuperás el mando sobre tu capacidad real de aprender cualquier habilidad que te propongas.

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